Venezuela amaneció este sábado en un clima de tensión y expectativas encontradas tras la captura del presidente Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, luego de una noche marcada por explosiones y ataques selectivos en el Valle de Caracas.
En varios sectores de la capital, la respuesta de la población fluctuó entre festejos y fuertes críticas. Algunos residentes aseguraron sentir alivio y una renovada expectativa de transformación, aunque acompañada de temor a posibles represalias y a la incertidumbre que podría marcar los próximos días. Otros, por el contrario, salieron a las calles para demandar la liberación del mandatario, describiendo su arresto como un “secuestro” y denunciando que constituye una afrenta a la soberanía nacional.
La incertidumbre sigue siendo alta. Diversos ciudadanos manifestaron preocupación ante la posibilidad de que grupos armados progubernamentales (“colectivos”) continúen recorriendo y ejerciendo presión en sectores residenciales y áreas comerciales, situación que ha provocado mayor prudencia incluso para las tareas diarias. A esto se añade un contexto jurídico y político más estricto: hace poco, la Asamblea Nacional —dominada por el oficialismo— aprobó una ley que incrementa las sanciones contra quienes apoyen acciones de presión externa, elevando así el riesgo de ser perseguidos por expresar opiniones públicas.
Mientras tanto, funcionarios estadounidenses describieron la operación militar que culminó con la captura de Maduro como el fruto de meses de recopilación de inteligencia y cuidadosa planificación. Según esta versión, equipos especializados vigilaron de manera minuciosa las rutinas y los desplazamientos del mandatario, mientras fuerzas de élite practicaron durante semanas en una réplica a tamaño real del edificio donde se habría llevado a cabo el ingreso. El plan, bautizado como “Operation Absolute Resolve”, permaneció bajo estricta confidencialidad y no habría sido sometido a consulta previa ante el Congreso de Estados Unidos.
El inicio de la misión fue autorizado el viernes por la noche (hora de la costa este de EE. UU.), poco antes de la medianoche en Caracas, con el objetivo de maximizar el factor sorpresa y operar en condiciones de oscuridad. El despliegue combinó acciones por aire, tierra y mar, y se extendió por poco más de dos horas, según las autoridades militares.
Maduro y su esposa fueron trasladados a Nueva York para enfrentar cargos vinculados a narcotráfico y armas, acusaciones que el mandatario ha rechazado en el pasado. Desde Washington, el presidente Donald Trump afirmó que Estados Unidos asumirá un control “temporal” del país y que administrará recursos petroleros hasta que se establezca un reemplazo permanente, un anuncio que avivó nuevas tensiones políticas dentro y fuera de Venezuela.
En el exterior, diversos líderes regionales respondieron con firmeza: Brasil alertó que la detención violenta del jefe de Estado venezolano establece un precedente “sumamente peligroso” para la comunidad internacional, al tiempo que aumenta la presión diplomática para convocar de inmediato una sesión en organismos multilaterales.
Fuera del país, comunidades de venezolanos en el exilio celebraron la noticia en ciudades de la región, interpretándola como un quiebre histórico tras años de crisis política, económica y migratoria. Sin embargo, incluso entre quienes ven la caída de Maduro como un alivio, predomina una sensación compartida: el desenlace abre una nueva etapa, pero no garantiza estabilidad inmediata. La pregunta que se repite en Caracas y en la diáspora es la misma: qué ocurrirá ahora, y quién tomará el control real del poder en el terreno.
